defraudar a la familia

Soñé con el terror de defraudar a la familia

Soñé con la censura, con el terror aún tan vivo, niño,  de defraudar a mi familia.

Soñé con un festival que ya había terminado: el desierto era ahora una mezcla grotesca de bosque y centro comercial y yo no encontraba el modo de irme sin sentir que estaba traicionando. Mi familia acababa de llegar.

Entonces, como no me atreví a hacer nada más, nos sentamos a comer en una especie de macdonalds. Yo sólo pedí un cono, porque no tenía hambre y porque es lo que más me gusta pedir. Recuerdo que apenas volví a la mesa, mamá decía: “¿te vas a comer esa porquería” Y así, seguro más ofendida por la intromisión que por las palabras -por el recuerdo del medio pan de dulce que me comí antes de irme a dormir-, me levantaba ofendidísima y tiraba el cono a la basura -qué tristeza-. Pero más que tirarlo, lo aplastaba contra la puertita esa abatible pesadísima que tienen los basureros de los “food courts” y en donde siempre termina siendo una batalla insertar la charolita llena de basura.

Lo recuerdo ahora, con mi café al lado y aun me pone triste. No sé qué me da más tristeza, si el cono aplastado o la idea de que mamá estuviera dandome opiniones tan fehacientes sobre lo que había decidido comer.

Salía caminando, huyendo, pero como no sabía a dónde iba todo me parecía nuevo, terrible. Era un bullicio que como que me venía de adentro, una marabunta de extraños; el peligro.

Cuando pasé una zona bardeada, buscando el silencio, me encontré con una explanada de sábanas y colchas, en las cuales, enredados, dormían parejas e individuos como hibernando, desconectados. Una maquina me advertía: zona de descanso.

Y entonces yo deseé con todas mis fuerzas, poder dormirme, poder meterme en una de esas vejigas suaves y quedarme dormida hasta que transcurriera el tiempo. No lo hice, pero lo por falta de deseo, por terror a defraudar a mis padres, de no estar, de que no me encontrarán.

Me replegué contra los alambres que hacían de división y comencé a sentirme profundamente mareada, fuera de mí, perdida… hasta que llego ella: L. Con un blanco que contrastaba con aquel delirio entre hippie y neón que era el ambiente y me dijo que estaría bien. ¿Qué haces aquí?, le dije. Vine a verte. ¿Hasta Berlín?

Con esa frase comprendí que estaba lejos, ese sitio que imagino perfecto y en el que nunca he estado. ¿Hasta Berlín? volví a pensar. Sí, tome un vuelo, sabía que estabas mal. Y aunque lo decía con esa naturalidad: sí… lo único que yo podía pensar era, qué pena, cómo vas a tomar un vuelo por venirme a ayudar a mí.

Entonces ella, que ahora sé quien es, pero no estoy segura si fue por cercanía o proyección, me daba un beso que lo yo le contestaba de la peor manera, el mareo se había acrecentado y me sentía incapaz. Sin tema, me abrazaba para acostarnos sobre el pasto y me decía, todo está bien. No es que todo se haya malogrado, es solo que es otro sitio, el desierto ya terminó, ahora esto quizá no sea para ti. Y así, saliendo de golpe del influjo de las drogas, la volvía a ver y nos besábamos como hace mucho no beso a nadie.

Estaba por primera vez, en horas, en días eternos por unos pocos segundos, segura, tranquila, contenta.

Y así… pasaba el tiempo y el espacio de los sueños, para arrojarnos en un departamento oscuro, como el que mis abuelos ya no tienen. Con todos: mi papá, mi mamá, mi hermano y ella. Yo sólo quería estar con ella, y no podía. Sentía que no podía.

Es triste no poder hacer algo enfrente de los padres cuando se tiene treinta y un años y ya debieran ser más amigos que otra cosa, contemporáneos, panas, compás, cuates…. tu sabes. La vida es muy corta para pasar temiendo defraudar a aquellos que te la dieron.

Entonces, sin quererlo, sin planearlo siquiera, aparecía del otro lado de la pared naranja con amarillo de vidrios cuadrados que ya no existe. Estábamos ella y yo. Yo y ella; era difícil distinguir quien era quien porque hacíamos lo posible por fundirnos. Y así, como quien ni siquiera dice agua va, el sueño jugándome una mala pasada, apareció a mi hermano; sin tener que caminar hacia mi o cruzar ningún umbral, apareció él, furioso, quizá triste; más de lo que lo estaría en la vida real -espero-… después mi padre, que en contra de todo pronostico expresó: ya me lo esperaba.

Y es extraño porque entonces no supe si alegrarme por su aceptación o por su anticipada derrota.

Supongo que tiene todo que ver con el tono, que ahora recuerdo lúgubre y que pesó en mi hasta las siete y cuarto de la mañana en que desperté sintiendo que me ahogaba. Entrañando el desierto, extrañándolo a él y queriendo sentirme completamente libre de ya no ser hija y pasar a ser amiga, compañera, cómplice…. Muy al margen de los detalles íntimos de la vida del otro que, en realidad, a nadie debieran de importarle.

Eda Sofía | Noviembre 2018

 

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