Cuando nunca terminas de despedirte…

Nunca voy a acabar de despedirme, pensé mientras tristeaba abrazada a mamá en la bahía del aeropuerto. Y como el llanto público, incomoda tanto, el chico que me ayudó con las maletas se limitó a acompañarme hasta el mostrador sin sacarme plática. Ocho mil dioses lo bendigan.