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Diario de un preñado exilio. Día 68.

Cuando tienes tiempo de pensarlo realmente, las cosas que se aman de verdad, son bien pocas. Y son, en realidad, fáciles de amar. Como el ver nacer una nueva hoja en una planta que se ha cuidado mucho tiempo, o el olor del café en las mañanas, las risas de mi güero cuando está desprevenido, la bondad de mi padre, el acurrucarme en las piernas de mamá sin que me haga ninguna pregunta. A ti, todo, completamente, entero, desde que eras más diminuto que una semilla de alpiste hasta ahora, hasta después que estés buscando cómo matarme para continuar tu vida despojado de tantas palabras y bailes.

Diario de un preñado exilio

Porque no hay nada que hacer más que esperar, y todo lo demás que se hace en el día y en la vida, que es tanto. Mientras pasa el tiempo siempre tan lejos de nosotros e igual llevándonos a rastras. Esperar que estés bien y no sentir que tu nacimiento es complemento de mi muerte. Esperar que papá y mamá estén en casa y no llegué a ellos una manzana, de la Central de Abastos, que no se lave bien, que pase de boca en boca y que los enferme a ambos. Esperar poder volver y después estar allá, tomando café ya casi frío porque he hablado demasiado, riendo, mostrándoles al niño, quitándoles al niño porque lo han tenido mucho tiempo; esperando a irme porque me están volviendo loca. Por que ya no quiero escuchar ni una vez que lo debería hacer de otro modo. Esperar que mi hermano esté en paz, como a veces dice que está y pocas le creo, y siga abrazando a ese bebé que yo no he tocado en seis meses, que una parte animal de mi extraña tanto.

Dejar el paraíso de Bali en medio de la ‘pesadilla’ provocada por el COVID-19

Y sí, estoy bien, aunque me recuerdo que también se vale no estarlo, como lo estamos tantos. Es entonces que me permito estar triste por los cambios y las pérdidas sufridas en el corto tiempo; por la incertidumbre de no poder volver a casa pronto; porque no puedo proteger a todos los míos ni desde aquí ni estando allá a su lado. Tengo sueños largos en los que no pasa mucho: encuentro una rama seca y la pongo en la mesa para cada diez o quince minutos cortar una de sus ramitas hasta que la voy dejando hecha un tronco. Sus ramitas ahí, al lado, pero escindidas.

Me preparo para soltar…

Y comienzo desde ese punto, porque pude reconocer el rayo de sol que pega por las mañanas en el patio de atrás de la casa que amablemente nos han prestado y seguirlo por todos los rincones y cuartos hasta que dieron las cinco de la tarde; para asolear mis pechos hinchados, para asolear mis piernas que ahora bajo el sol de la tarde me recuerdan que muy poco, en este instante, me hace falta.

Hace seis años estaba llegando a Japón

Hoy hace seis años que llegué a Japón y aunque ha pasado tanto tiempo y nada es en el mundo lo que era, al ver las fotos del sitio en el que amablemente Walter me dio asilo, siento que puedo olerlo. Cerrar los ojos y sentarme en esa pequeña litera arriba de su cama y sonreír pensando que lo había logrado, que estaba en Japón; nada más importaba porque era el inicio de un gran viaje que me llevo exactamente al fin del mundo…

Hay gente que me causa temor y una especie de incomoda tristeza

Yo siempre le he tenido un poco de miedo a la gente; hasta ahora lo acepto. No a las personas; ellas por lo general me enternecen porque con un poco de tiempo siempre queda al descubierto esa grieta por la cual dejamos ver cómo nació nuestro dolor y nuestra rabia. Pero la gente, me causa temor y una especie de incomoda tristeza que me surge en el pecho y de prisa se me esparce por todo el cuerpo. La inconsistencia, el cambio, ese no poder entrar nunca por completo. Después quiero ganármelas, saber que he hecho bien, y reconozco mi parte insegura que siempre está convencida de que el error, cual séase, es siempre mío.

Nunca dudes de la pureza de tus intenciones…

Nada es lo que parece, no lo son sus pláticas ni lo que promete querer. Porque ella ha decidido que nada le esta permitido y pasa el día siendo su propio juez. Puede, cada vez más, escuchar una voz atrás de su voz, contradiciéndose. Una voz que desdice lo que antes ha dicho a gritos para que los otros escuchen; en lo demás es honesta. Porque cuando no tiene filtros, cuando baila, se deja ser afuera como es adentro

Una yegua muy blanquita y una buena suegra

Casi todo lo que he querido en esta vida se me ha dado. Y ese casi ha sido y sigue siendo más que suficiente. Y siguiendo con la dicha, el primero no pude abrazar a mis papás, a mi hermano, a mis hermanas y a mis sobrinos, pero desperté al lado de un hombre que amo y con la vista a las montañas de Australia. Me tomé un café delicioso, fuimos a un río a ver pasar el agua y comimos Fish and Chippies en el parque.

Hoy te soñé, como sucede cada devezencuando

No llegué a la clase de yoga por quedarme en cama, revolviéndome, intentando estirar el sueño hasta los confines mismos de la vigilia. Viéndote como si fueras la única persona en el mundo; en ese desearte adolescente, como si al llamarme aún fuera a salir corriendo a cualquier hora, a cualquier bar; buscándote, huyendo de mis padres que ya hace años no me dicen que puedo y no hacer.