Belleza, o algo así…

Puedo decir, por ejemplo: montañas, quetzales, pechos redondos y tierra mojada. Escribir: turquesa, amarillo, café cobalto y vino tinto.

Y sin embargo, está ausente. No la siento, pero puedo habitar el sol que se cuela por las rendijas que son las hojas de palma de mi casa.

Cae en cascada desde la pared hasta el suelo, encarcelando en una jaula de sombras a todos los animales que pueblan la tierra húmeda del alba.

Belleza, belleza, belleza. Escribo tarde y deseo que la repetición de su sonido y su forma evoquen en mí una respuesta. Cualquiera. Provocación y resultado: belleza…

Pero de nuevo no hay nada.

Un gato gordo salta haciendo alarde de su agilidad oculta y por una extraña relación sinecdótica me recuerda la bondad no reconocida de mi padre.

Rojo sangre y vetas de piel. Se asoma.

Puedo sentir un sonido, una palabra sutil que de cierta forma se desliza en hielo desde su principio en be hasta la cola de la a como si fuese arrastrada.

Belleza digo y de pronto preconcepciones y aprendizajes me pueblan mostrándome escenas y paisajes que no evocan en mi el menor sentimiento.

Digo belleza y me aburro.

Nada.

Enuncio su nombre; rostros, colores y formas sin configurar desfilan con sonrisas de servicio. Muestras de la circunstancia y el aprendizaje que soy: locación.

¿En dónde queda mi honestidad si les hablo de una flor sin decir que todas me recuerdan la muerte de mi abuela?

¿En dónde está lo que importa si les describo el piar del ave que rasga mis mañanas y no existe?

Para nombrar debo reconocer las palabras y sus danzas.

Me declaro perdida.

Belleza: sus definiciones me guardan silencio. Están vacías. Adoloridas aguardan.

Decido entonces, por ejemplo que belleza arranca de mí un instante ínfimo de paz.

Invento: La belleza me enchina la piel para irse después silente, con la cabeza gacha y yacer en algún recodo de mis anchos huesos.

Yo, con un sentir todo de formas y el aire en la garganta que empuja cierta alegría secreta de estar viva. Colmada de una ansiedad que revienta inesperadamente el vaso que se estrella entre mis manos.

Me pasa que tengo que hablarles del mar y de los ojos oscuros que he perdido; los que poblaban de calma mis paseos infinitos hacía ningún sitio.

La belleza que habita callada en cada una de las palabras de Pizarnik; las mismas que a mi madre le suenan a llanto y que en mi pulsan como el agua que asciende entre mis piernas.

Piernas, que confío, tus manos descubrirán por plazos y a destiempo cuando te encuentre. A ti que recorres calles de humo buscándome, con los ojos tornasolados por el viento de hace más de diez años.

Eda Sofía, agosto 2015

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