Diario de un preñado exilio. Día 68.

Yo nunca he sido buena mintiendo

20 semanas + 4 días

Canterbury, Melbourne VIC

Me gusta despertar cuando nadie más lo ha hecho. Entonces por unos minutos, o si tuve suerte, por varias horas, siento que he conquistado un territorio que es solo mío. Y me encuentro bien, en calma. Son los mejores momentos del día. No hay, no debería haber mucho que decirse en las mañanas. Y ahora que estás tú, en algún punto inexacto de mis adentros, debajo de mi pecho pero antes de mi pubis, me quedo en cama largo rato, con las manos sobre la panza que ha comenzado a distenderse esperando sentirte, reconocer alguna parte de tu cuerpo vivo empujando el mío para saludarme. Entonces te digo algunas cosas, pero te pienso más, porque no quiero ser yo quien rompa este silencio por el cuál hemos hecho tanto y que cada día nos dura tan poquito. Y cierro los ojos imaginándote riendo hasta que se me ponen húmedos. En mi familia las mujeres siempre hemos tenido un don para el llanto; para limpiarnos, para soltar; nuestras casas, nuestras patrias, pero nunca a nuestros hijos.

Desde que tengo el anillo de Tita no le quito la vista de encima y pienso tanto en nosotros como lo hago en ella. Es perfecto. Un circulo que me abre al futuro mientras me acerca a mi pasado y a las cosas que siento más he amado en la vida. Cuando tienes tiempo de pensarlo realmente, las cosas que se aman de verdad, son bien pocas. Y son, en realidad, fáciles de amar. Como el ver nacer una nueva hoja en una planta que se ha cuidado mucho tiempo, o el olor del café en las mañanas, las risas de mi güero cuando está desprevenido, la bondad de mi padre, el acurrucarme en las piernas de mamá sin que me haga ninguna pregunta. A ti, todo, completamente, entero, desde que eras más diminuto que una semilla de alpiste hasta ahora, hasta después que estés buscando cómo matarme para continuar tu vida despojado de tantas palabras y bailes. Pero mientras me dejes, bailaremos, así, invocando un poco lo absurdo de la vida, pendulándonos de un lado al otro del cuarto, del ahora estrecho espacio que tenemos entre la puerta y la cama, que ayer mismo aspiré para que se viera más nuevo y para pararme desnuda, frente al espejo, con ambas manos sobre mi vientre. Admirándonos. Bailando para suavizar el dolor de espalda que aún es casi nada y agitar todo tu mar esperando que vayas reconociendo que no todo es cauto y calmado, que hay tantas cosas en la vida sin propósito y que generalmente son las que mejor se sienten. Que bailar, seguro como parir, nos recuerda que somos animales de tierra; que podré alimentarte por meses, que seremos más de un año casi un mismo cuerpo y después te dejaré ir, lo prometo, a dónde sea que se abra tu camino. ¿Regresarás a bailar conmigo aún cuando sea vieja? Y te contaré de esta casa en donde creciste que no era nuestra sino de tus abuelos, los otros, no los que me conocen.

Los otros se han quedado lejos en donde los casos aumentan y no hay mucho que hacer más que esperar o ir al súper de uno a uno y volver a casa con miedo, desnudarse en la cochera; limpiar todos los empaques con alcohol o cloro y entrar a la casa corriendo, sintiendo el frío en la planta de los pies, a bañarse. Ellos están con un deseo loco, también, de poner sus manos sobre mi piel que has estirado y sentir tu respuesta. Pero tú y yo estamos muy lejos. A veces siento que de todos. En una isla a la que no se puede llegar por aire y ahora mucho menos por barco. En un continente lleno de animales que cargan a sus crías una vez que han nacido, en bolsas hechas de su misma piel. Mamás marsupiales. ¡Qué envidia! Y les hablo casi todos los días, les mandamos fotos, les decimos que estamos bien, sonriendo, porque algo pasó dentro de mí que no eres solo tú. Se desato una especie de alegría, de fortaleza, que llevo intuyendo la vida entera. Y estamos bien. Celebrando las mañanas en las que todos los demás son lentos y tenemos todo este tiempo solo para nosotros y las manecillas descoordinadas de los dos relojes que están en la sala. Cuando se dejan de escuchar entiendo que es porque habrán voces hasta que termine el día.

Quiero irme a una cabaña afuera de la ciudad y despertar en medio del bosque y desnudarme el cuerpo para salir y pisar el pasto helado por unos minutos, comprobando que no hay nadie más cerca, que estamos solos por unos días en el mundo. Tus abuelos de aquí, son dulces y están alegres por tenernos. Yo estoy agradecida y cansada de sonreír diciendo que sí a todo, aunque sea sí. Una vez que uno ha sonreído mucho no puede dejar de hacerlo porque entonces la gente se preocupa. Los humanos son predecibles y les gusta rodearse de lo mismo, de situaciones que no se salgan de su control. Cuando no sonrío me preguntan lo que pasa y es peor el solo pensar en explicarlo. Entonces sonrío de nuevo y miento. Tenemos todo lo que podríamos necesitar, pero me falta todo lo otro. Yo no quiero estar aquí cuando nazcas. No quiero volver a esta casa contigo. No quiero tener que sonreírle a nadie. No quiero tener que hablar por compromiso. Quiero estar en cama, besándote, preguntándome un millón de cosas sin respuesta, despidiéndome de mi anterior vida y casi del silencio todo. Quiero que estemos solos los tres, porque estará bien así.

Antes de ti hemos sido felices de un modo muy simple; con desencuentros y rabias siempre mitigadas por la risa. Él, papá, es ligero y dulce, lo entenderás muy pronto. Con un amor desinteresado que teje sutilmente con palabras y preguntas hasta que no tienes hacia a donde hacerte porque ya lo quieres y no sabes cómo paso. Y su cuerpo es largo y ancho, un refugio en el que yo quepo perfecta de lado, hecha un nudo con sus piernas y esos pies ansiosos que nunca terminan de moverse. Ahora estás bien entre nosotros; espero que nos dure un largo rato.

27 de mayo del 2020

Hoy es 6 de agosto. Todo ha cambiado. Pero, ¿qué, que esté vivo, no cambia constantemente?

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